Lo comparto:
Octubre está siendo, con nosotros dentro, un parto de luz. Muchas cosas están sucediendo al mismo tiempo como para darnos cuenta todavía de la magnitud del tsunami energético en el que estamos metidos.
Es como una aspiradora cósmica que está barriendo con todo lo que no es, para que nos quede claro a todos lo que sí es.
El amor no juzga, mejor ayuda a transformar. El amor no critica, mejor provoca con su luz cristalina que el espejo falso se rompa.
El espejo es el mundo de las apariencias, donde los prejuicios son los que determinan nuestra conducta social. Donde las máscaras bailan al ritmo apresurado de la razón impuesta a través del miedo. Donde la obediencia forma parte de la vieja creencia, ampliamente aceptada, de que es mejor apagar el fuego creador de uno, porque la verdad interior es peligrosa.
Y la mentira tan campante de ser lo políticamente correcto.
El autoritarismo se desvanece ante la falta de autoridad. El espejo se rompe de ambos lados. La verdad del corazón sale a la luz. Como salieron de lo más oscuro y profundo de la tierra oscura, los 33 mineros. La verdad resucita.
33 mensajeros escogió la Madre tierra para mandarnos sus señales:
El milagro sólo existe cuando hay gente que lo cree.
La única salida al final del túnel oscuro es la hermandad: compartir ya no competir.
También nos habla del poder de la fe. Y la fe es lo contrario al miedo.
Y hasta contiene un mensaje político: los gobiernos están para servir a los ciudadanos, y no a los intereses creados. Llámense económicos, políticos, religiosos o bélicos.
El humanismo es el poder que transforma las realidades. El autoritarismo es el que las conserva.
A México le falta humanismo. Amor. Fe. Hermandad.
Le sobra autoritarismo y miedo. La violencia es tan solo la escala del miedo. El verdadero enemigo está adentro: se llama impunidad. Y la impunidad es el rostro de los gobiernos autoritarios.
Compartir es el camino.
Abrir el corazón y compartir lo mejor de uno para recibir lo mejor de todos. Compartir es multiplicar. Desde una sonrisa hasta un taco. Desde compartir tu tiempo al servicio de los demás hasta ser amable con el vecino. El compartir nos hace abundantes. Y donde hay abundancia no hay pobreza ni hambre. Compartir lo que somos: tu casa es mi casa.
Donde comen dos, comen tres. Pásale a lo barrido. Buen provecho.
Porque hoy en día todos tenemos hambre en México.
Doce millones tienen hambre de alimento. (Este dato es suficiente como para que un Estado humanitario pusiera toda su atención y energía en resolver este problema, que es la causa de todos los otros males).
El resto tenemos hambre de ayudar de una manera distinta, sin partidos políticos de por medio. Donde la verdad ciudadana esté por encima de las divisiones políticas.
Y la única forma de quitar el hambre es compartir.
Compartir el sueño de que los ciudadanos sí podemos ponernos de acuerdo para transformar la realidad. Nosotros sí podemos soñar más grande. Nosotros no tenemos prejuicios, ni adversarios, ni rencores, ni culpas. Nosotros sí podemos anteponer el interés ciudadano a cualquier otro. Nosotros sí podemos transformar el hambre y la pobreza en abundancia.
Nosotros sí podemos unirnos y ponernos en paz.
Compartir para multiplicar. No hay nada que provoque más alegría que compartir lo mejor de uno. El caso de los 33 mineros demuestra lo que es el poder de la fe cuando millones de corazones se unen, por encima de las diferencias.
El mensaje final del fondo de la tierra es: todos somos uno. El poder está en compartir.
Uno a uno somos todos.
Lo comparto:
Tres días de ayuno en silencio nos ayudan a compartir la verdad del corazón.
Ayunar es alimentar el espíritu.
Santiago Pando
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